MARAÑAS


Esperaré toda una vida para leer las palabras que necesito pero no quiero reconocer, que son las precisas para mi atribulado espíritu. Amo, me preño de ideas que hacen masa en mi cuerpo y que acabo por parir, doblándome, retorciéndome irremisiblemente, sin poder detener los monólogos esquizofrénicos y sin posibilidad de volver a esa normalidad que nada cura. ¿Puede ser un parto de ideas tan doloroso como es el de una madre? Si mi tesoro era todo lo que callé, mi misión es vivir malgastándolo, empobreciéndome, decirlo todo, romper ese perpetuo silencio convirtiéndolo en palabras escritas que quedarán para el que pueda descubrirlas en un futuro.
...
Esperaré también que alguien hable más que yo, que alguien, con sus palabras, me arranque los dientes cual contundente bofetada y que, inofensivos, no vuelvan a morder la tierra de la humillación. Que cuando llueva y no llore más por esas tonterías que yo creía importantes, no me falte jamás esa música que tanto amo y alguien con su injusto proceder me prohibió.
Quizás entonces recuerde lo que tanto me está costando olvidar y vuelva a utilizar mis colores y no vuelva jamás a maldecirlos. Ni a ellos ni a nadie.

Mientras espero, quiero brindar con la miseria, hojeando periódicos atrasados, olvidando las risas y brindis que en ese instante, con labia discursiva y siempre cuestionables, se hacen en los bares de copas de Vetusta, por hombres aburridos de sonrisa fácil y afectada y damas casquivanas con deseos simples.

Pero el tiempo pasa y la hora no llega y el hambre rasguñará mi alma que, insensible, ha cerrado sus puertas a todo lo que amaba... puedo seguir viviendo y, con suerte, no convertirme en carne podrida de una fosa.
Espero que me falte esa corona de flores baratas y amarillas, pero deseo tener esa lágrima limpia en furtiva despedida, de madrugadas serenas, sin sustancias que inhiban la clandestina separación final.

Y al toque de queda, la angustia que desgastó la espera por quien debió regresar y nunca ha vuelto, no me obligue a caminar por los linderos y vacíos extremos; por esa inverosímil línea que alguien, sin mi consentimiento, caprichosamente, trazó.
Me faltará el aliento, el pan, el verso la palabra, pero mi orgullo, aunque tocado de muerte ahora, resurgirá triunfante.
Y evitaré que me anulen, que alguien me culpe, que me humille, obligándome a tortazos a ser lo que no quise.

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